Hay personas con las que sin quererlo o planearlo hacemos click al instante.
En todos estos años no me había sucedido que encajara tan rápido en ciertos lugares. Generalmente, era necesario utilizar mis ya muy desarrolladas habilidades de adaptación, porque después de tantos años era la única forma con la que había aprendido a sobrevivir.
Sin embargo en estos capítulos de la historia me he conducido en una cómoda autenticidad, con mis rarezas y extravagancias, con mi espontaneidad, mi inocencia, mi fatalismo y mi intensa forma de sentir y a su vez de expresarme, con eso y el resto de mí; las personas con las que me he encontrado recientemente me han acogido con sincero cariño. Y no voy a negar que es una sensación extraña, nueva y diferente que me sostiene en un vértigo constante, me conduce seguido a un remolino de emociones nuevas, más positivas que negativas.
Ésta nueva etapa está enseñándome a ser valiente de nuevo y con todo lo difícil que me ha costado volver a serlo desde el último (trágico) impacto, pareciera que lo está logrando.
Luego llegas tú, llegas tú con un aura extraña, con un taco familiar, con una confortabilidad afable, y al mismo tiempo nueva, que me revitaliza. Con un aroma acogedor y una comodidad que asusta. Y es que es triste ver a alguien que fue capaz de entregar todo de sí en el último viaje con compañía hoy no pudiendo hacerlo igual. Como el trauma de un caballo tirándote del metro y medio y tu clavícula rota que tardó en recuperarse más tiempo y dolor del que quisieras admitir.
En la transparencia compartida que me incitó confianza, me atrevo a admitir que estoy aterrada, que al cerrar los ojos puedo tener el vívido recuerdo de esa caída, de esa clavícula rota, de ese dolor insoportable y todas las lágrimas desbordadas… que mi cuerpo tiembla sólo con la idea de volver a sentir eso y quizá sea esa la razón de mi cautela, de mi recelo, porque a pesar de todo, sé que sé querer bien y bonito. Pero también sé que querer así, puede llegar a romperte.
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