martes, febrero 25, 2020

14 minutos

Honestamente no sé como empezar a escribir esta entrada.

Pero entre la tarde de ayer y la mañana de hoy me di cuenta que necesito escribirte, porque desde que puedo recordar, esta, ha sido la única forma que encontré para poner en orden mis sentipensares más profundos. Porque no me bastó con agradecerte, no me bastó con llorarte, con recordarte con la sonrisa más sincera que encontré. Necesito gritar (a mi manera) que te echo de menos, que fuiste una de las mejores cosas que me sucedió en la vida. Recordar cómo llegaste a mí y cómo fue nuestra despedida me hace pensar en todo lo que sucedió en el medio de la historia. En todo el tiempo que compartimos, en los secretos que me custodiaste, en el amor infinito que me entregaste, en la magia que viniste a enseñarme, en la mirada tierna que me consoló en los momentos más oscuros.

A ratos quisiera acostarme en posición fetal y llorarte toda una tarde. Pero luego recuerdo la fortaleza que siempre te caracterizó y no puedo hacerlo. De ti aprendí tanto en los últimos instantes, que no puedo olvidarme así como así, de todas las lecciones que me diste.

Ha pasado de todo, siento como si la vida fuera a una velocidad vertiginosa, me duele el estomago sólo de pensar que han cambiado tantas cosas en el ratito de que no estás más aquí. Quisiera ponerle pausa a todo para poder poner en orden todo, pero siento que si lo hago las oportunidades se me escaparan y sentir que la vida es un córrele, córrele constante, no me está ayudando precisamente ahora.

Así que decidí escribir todo eso que no pude decir:

Te amo muchísimo, (aunque ahora sea demasiado tarde decirlo, ruego porque este sentimiento llegue a ti de alguna forma), llenaste mi vida de cosas hermosísimas, me enseñaste a amarte incondicionalmente y en el punto más crítico del camino, me enseñaste a no tenerle miedo al amor. Creo que a tu lado aprendí cómo puedo ser valiente, en un sentido que desconocía. Cómo puedo confrontar los problemas con mucha calma, con mucha determinación y que el miedo no va a desaparecer nunca, pero uno puede tomarle la mano y atravesar las puertas aún así. Me enseñaste a mantener la esperanza, como una pequeñita flama que le da calor al corazón, aunque todo lo demás te diga que ya no hay nada por hacer.

Me hubiera gustado darte más, ser más para ti, poder hacer más cosas para que continuaras a mi lado un poquito más, pero como dice mi papá... siempre vamos a querer tener un poquito más a aquellos que amamos, pero debemos dejar de ser egoístas y dejarles ir, cuando el momento llegue.

A ratos veo tus espacios y el corazón se desinfla dentro mío, por momentos pienso en querer abrazarte cuando me siento confundida y sólo encuentro un vacío en mi estomago que puedo traducir como el gran miedo de continuar sin ti a mi lado.

Me viniste a recordar que las cosas pueden terminar en un instante, que a quienes queremos debemos ponerlos como prioridad las veces que sean necesarias. Que nunca debo irme sin decir te quiero y que jamás debo olvidar a aquellos que lo dieron todo por mí y los que amo.
Me faltas tanto y me sobran tantas cosas. Supongo que es esa parte del duelo en la que quisieras cambiarlo todo.

Dentro de mí, encuentro 2 sensaciones confrontándose a diario: la de sentir que ahora por fin eres libre en la forma que necesitabas serlo y la de sentir que te hizo falta todavía más tiempo aquí. Y así mismo encuentro dos sensaciones más, desatando una guerra ruidosa en mi interior: la culpa de sentir que no te dejo ir y el deseo infinito de encontrar el equilibrio para dejarte ir sin olvidarme de ti.

Y los días se vuelven insoportablemente largos cuando no puedo llegar a abrazarte, cuando no puedo llegar a acurrucarme a tu lado para preguntarte cómo te fue, para contarte también cómo me fue a mí y lo mucho que te eche de menos mientras no estaba... te debía tanto y con poco pude pagarte.

Después de todo quizá no esté diciendo mucho, lo sé. Sólo quiero que sepas que te extraño, que me haces falta todavía, pero prometo encontrar la forma de continuar, de no necesitarte para que dejes de preocuparte por mí, para dejar de soñarte, para dejar de sentirme culpable por querer tenerte aquí, por querer dejar de sentir dolor y por a veces olvidar que ya no estás más.

Quizá ese sea el secreto, aceptar que ya no estás, aceptar que te marchaste, aceptar que la vida continua no importa cuan roto te encuentres, que uno debe de continuar no importa cuanto duela.  Que al final no hay anestesia suficiente para esconder el dolor de perder un amor como el que yo perdí.

Te llevo conmigo, te llevo conmigo, te llevo conmigo porque te amo, te amo te amo... aunque quizá deba dejarte ir, dejarte descansar.

pero...

¿Cómo sueltas la mano del recuerdo imborrable de alguien?


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